El destino
··········Cuando de una película lo que más me interesa es el paisaje, mala cosa. Ahora, ¡vaya tierra! (incluso filmada sin énfasis, sin preciosismos), dan ganas de coger una pala y ponerse a sembrar arbolitos. Hay puna, salinas, serranías peladas, barrancos abruptos tamaño americano.
··········A ratos está en el borde de la ñoñería, aunque es cierto que no cae en ella. Pero no causa ninguna emoción en mí. La duda moral del tipo, alargada, acaba siendo confusa (es A, resuelve ser B, acaba siendo A, pero tampoco sabemos por qué, si por una niña, una aparición de una muerta o qué).
··········Empieza con Tristán Ulloa haciendo de cura, como si quisiera que nadie se creyera que es cura: bebiendo como un personaje de El poder y la gloria, pero sin que sepamos realmente nada de él; insultando, blasfemando. Hay que hacer un esfuerzo de voluntad para imaginarse que engaña a alguien. Aparte de alguna inconsistencia menor (si el mafioso trabaja de aduanero en el aeropuerto, ¿para qué andar luego siguiéndole por un desierto?; si un autobús a –digamos- 80 km/h ha parado a cinco minutos de su destino, ¿por qué hacer un drama tipo perdido en el desierto de andar por carretera ¡seis kilómetros!?), luego ya, metidos en la sustancia de la película (el conflicto entre ser alfarero como fueron mis bisabuelos y más allá o pasar a trabajar en la construcción y emigrar) todo resulta un poco sosito.
··········Para acabar con el destino, en forma de cara de indio y marca de alfarero en Barcelona, años después. Que me parece a mí que es confundir el destino con la memoria.
··········Puntuación para la bitácora de Pierre Miró: 3.